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De viaje por la Argentina informal

Hay algo así como un abismo entre aquello que los políticos y economistas promueven y prometen, y eso que podríamos llamar la Argentina real, un país muy distinto del que se vive en las grandes ciudades.

Tal vez la campaña electoral, esa maratónica sesión de caminatas barriales, fotos de ocasión y algún que otro mate tomado de compromiso, le permita a los candidatos y sus escuderos tomar contacto con ese universo que les resulta ajeno.

Desde lo económico el contraste es evidente. Un país que tiene un tercio de la población por debajo de la línea de pobreza, y una misma proporción –aproximadamente un 34%- en la informalidad laboral, maneja una economía del día a día, de dinero en efectivo y escasa planificación. Hay que tener plata en el bolsillo, en billetes contantes y sonantes.

La Argentina informal está acá nomás, a la vuelta de la esquina. No hay que irse demasiado lejos para hundir los pies en el barro de las relaciones laborales en negro y la evasión fiscal. Voy a tomarme la licencia de escribir en primera persona, porque las experiencias personales se cuentan de esa manera, y porque de eso se trata, en definitiva, este viaje por la Argentina informal.

Las vacaciones de invierno son siempre una buena oportunidad para tomarse un descanso de medio término, tiempo para recargar baterías. Tomamos la Autovía 2 un lunes temprano, a contramarcha de todos los que venían a Buenos Aires para encarar la jornada laboral.

Rumbo a la costa, en el sopor de un camino casi desierto, me puse a observar la cantidad de negocios que operan en la marginalidad de una economía en negro. Los vendedores de carnada junto a las lagunas, los puestos de quesos y embutidos, los que ofrecen mermeladas y miel, verduras y cajones de frutas…

Existe la sensación de que la presión fiscal no es para todos. Hay quienes la evitan casi alegremente. Tampoco parece ser infalible la Verificación Técnica Vehicular, habida cuenta los vehículos que cada tanto asoman por la ruta, con la trompa caída, sin luces, lentos en un andar que compromete la seguridad de todos.

EL GASISTA

Arribamos a Miramar en las primeras horas de la tarde. Un viento gélido parecía barrerlo todo. Al prender la estufa del departamento surgió el primer inconveniente. La llave de paso del gas estaba dañada. Llamé al gasista que trabaja para el edificio, una y otra vez. No hubo respuesta.

Por la noche alguien me hizo saber que no atendía su celular si no reconocía el número de quien lo estaba llamando. Me sorprendió que en un oficio que se divulga de boca en boca, por simple recomendación, alguien decidiera no atender el teléfono cuando lo llaman.

De todas maneras, me comuniqué con la administración del consorcio para avisarles del caso. Me respondieron que el gasista pasaría uno de estos días, y que si no estábamos volvería. Pensé en el mundo entrepeneur que dicen brota en la Argentina, en ese movimiento emprendedor, optimista y buena onda, en las múltiples incubadoras de empresas, en las compañías de garage, en ese modelo estadounidense del que tanto nos gusta hablar, pero tan poco se replica.

Sin embargo, era lunes y aún había tiempo para que llegara el gasista. El martes tampoco vino. Un viento del noroeste planchaba el mar y lo imaginé yendo a pescar al muelle, capturando un par de piezas para la comida de esa noche. Contrariando a Milton Friedman y su legendaria frase de que “no hay tal cosa como un almuerzo gratis”. Riéndose de los emprendedores. Lo cierto es que nunca apareció, ni ese día ni los subsiguientes.

La playa en invierno nos devuelve algo de ese espíritu agreste que el verano le arrebata entre carpas, sombrillas, turistas y vendedores ambulantes. Los balnearios estaban cerrados, tapiadas puertas y ventanas. Hacía siete meses había estado allí mismo. Fue cuando el dueño del lugar me dijo que para alquilar por día alguno de sus servicios sólo aceptaba dinero en efectivo. A regañadientes tomaba las transferencias bancarias para reservas mensuales o de quincena. No había ningún recibo, boleta o factura. Apenas un rectángulo de cartulina marcaba en el tablero que el lugar estaba libre u ocupado.

OTRA EXPERIENCIA

Algunos días después nos fuimos para Necochea. Siempre es bueno volver al pago. Era sábado por la tarde y el movimiento comercial se había concentrado en la playa, en derredor a una competencia de cuatriciclos sobre la arena. Mucho puesto ambulante, venta callejera y el derrame del movimiento sobre bares y confiterías.

Por la noche decidí cargar nafta para retomar la ruta. Me sorprendió que, pese al tránsito en las calles, no hubiera cola en la estación de servicio. De inmediato se acercó el playero:

¿Cómo vas a pagar? –preguntó, entre amable y aburrido.

Con débito –respondí.

No, acá sólo se paga en efectivo. No aceptamos tarjetas de crédito y no temos posnet –me dijo, con cara de circunstancia. Le faltó decir “es lo que hay”.

Rechacé el convite y me marché a probar suerte en otra estación de servicio. La YPF más grande de la ciudad, ubicada en el corazón de la playa, sólo aceptaba billetes contantes y sonantes. Pensé en Federico Sturzenegger y su afán de bancarización, en la promoción que el Banco Central hace de instrumentos que reemplacen al papel moneda, en sus ganas de que seamos Suecia, o Australia, de la que tanto habla. Pensé en lo lejos que estamos de todo eso.

Finalmente llené el tanque en otra estación. Allí me dijeron que muchos comerciantes, debido a la alta inflación, han cortado el financiamiento con tarjeta, rechazan el débito y sólo toman el billete en efectivo. El comercio privado hace lo que puede, y la Municipalidad gasta mucho más del 50% de su presupuesto en el pago de salarios. El resto, la informalidad, se mueve con plata en la billetera. De hecho, el sistema SUBE rige apenas hace dos meses en las líneas de colectivo locales.

DE REGRESO

No hay como volver a casa. Regresar a esa rutina que a veces nos fastidia, pero que termina por ser un eje que nos ordena la vida a todos. Tenía, además, algunas cosas pendientes. A media mañana fui a la vidriería a buscar el corte para la puerta del baño. El vidriero me lo entregó envuelto en hojas de diario, y me extendió además un papelito arrugado, donde escribió con birome la fecha, el monto y la palabra clave: Pagado.

“Estos son las boletas que tengo, las hago yo a mano –me confiesa, sonriente-. La otra vez vino un inspector y le dije que me había jubilado, que había dado de baja todo y estaba liquidando lo que me quedaba. Después cerraba”. La versión porteña de “es lo que hay”.

En el camino entré en la verdulería, un local grande repleto de mercadería y clientes, ubicado sobre una avenida principal, justo frente a la estación del Metrobus. Me atendieron, cordiales, y luego pagué. Me devolvieron un trocito de papel de cuaderno escolar con números garabateados, una esquina en la cual se adivinaban la línea azul del margen y el comienzo de un renglón. Una exitosa burla para el controlador fiscal, en pleno centro barrial.

No es fácil gobernar un país marcado por la diversidad. En El Interior, uno de sus libros de crónicas de viaje más logrados, Martín Caparrós llegó a una conclusión que decido hacer mía: “La Argentina es un invento, una abstracción: la forma de suponer que todo lo que voy a cruzar de ahora en más conforma una unidad. La Argentina es una entelequia: casi tres millones de kilómetros de confusiones, variedades, diferencias, inquinas y querencias y un himno, una bandera, una frontera, mismos jefes y, a veces, mismos goles… Hasta llegamos a creer, de tanto en tanto, que nuestra historia es una sola”.

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